CIENCIA

VIDA EN TRAPPIST-1E?

Por David Levitn

Hace 36 años, David Bowie se preguntaba en un aguafuerte psicodélico si había vida en Marte. El descubrimiento de un nuevo sistema planetario de características parecidas al nuestro alimenta nuevamente esa inquietud universal, casi eterna. Mientras tanto, la competencia por el dominio del espacio entre las potencias y la intromisión del sector privado impulsan el primer viaje humano a Marte y la primera base permanente en la Luna. ¿Qué hay de nuevo en el espacio?

 

Inspirado por las ideas de Copérnico de que la Tierra no era el centro del universo, el pensador Giordano Bruno imaginó en el siglo XV que cada una de las estrellas que se veían en el cielo nocturno eran un sol, alrededor del cual debían girar planetas como el nuestro. Pocos años después, la Inquisición romana le hizo pagar con la hoguera estas y otras ideas contrarias al dogma aceptado. La existencia de planetas alrededor de otras estrellas se pudo confirmar solo hace unos 20 años, con el descubrimiento del primer exoplaneta en 1992. El anuncio seguramente hizo saltar de la silla a los fanáticos de la ciencia ficción. Pero solo por un rato. La intensa radiación que emite su estrella púlsar freiría rápidamente cualquier tipo de vida en la superficie. A partir de ese momento se abrió un enorme campo de descubrimientos: se calcula que el 75% de las estrellas tiene al menos un planeta, y que el 50% tiene un tamaño similar al de la Tierra. Eso significa que hay miles de millones de mundos en nuestra galaxia. Más precisamente, 100 mil millones en la Vía Láctea, según las últimas estimaciones. Al final, Giordano tenía razón.

La pregunta obvia cada vez que aparece un nuevo planeta es si hay algo o alguien viviendo ahí. Los científicos llaman zona habitable, que no significa habitada, a la región alrededor de una estrella (ni muy cerca, ni muy lejos) donde es posible que existan condiciones para hallar agua líquida, un ingrediente esencial para sostener cualquier forma de vida. Algo intermedio entre los desiertos de Tatooine donde se crió el joven Anakin Skywalker y el hielo eterno de Hoth en el que se escondieron los rebeldes durante el contraataque del Imperio.

Detectar planetas fuera del sistema solar no es fácil. Según explica Rodrigo Díaz, investigador del CONICET y miembro del Grupo de física estelar, exoplanetas y astrobiología del IAFE (Instituto de Astronomía y Física del Espacio), una de las técnicas más usadas es el método de los tránsitos: si la órbita de un planeta pasa por la misma línea que nos une a nosotros y su estrella, deberíamos ser capaces de ver que, cuando el planeta se interpone en el medio, disminuye la cantidad de luz que nos llega. Eso es un "tránsito". A partir de la variación en la intensidad lumínica podemos conocer el tamaño del planeta y ladistancia a la que orbita su estrella. La primera detección de un planeta por este método fue en 2002, cuando se detectó un monstruo mayor que Júpiter en una órbita muy cercana a su estrella en la constelación de Sagitario. Desde ese año, la cantidad de planetas descubiertos viene creciendo a pasos agigantados: más de 3000 fueron hallados en los últimos 5 años.

Los sucesivos hallazgos y avances tecnológicos permitieron mejorar la precisión. A partir del 2015, se empezaron a encontrar planetas del tamaño de la Tierra, aunque orbitando estrellas más pequeñas. En febrero de este año se anunció el descubrimiento de un sistema planetario alrededor de la estrella enana TRAPPIST-1, cuyos planetas ahora llevan una denominación alfabética. La estrella tiene el tamaño de Júpiter, aproximadamente, y un total (hasta ahora) de 7 planetas orbitándola que presentan masa y tamaño similares a los de la Tierra. Nada menos que 3 de ellos (TRAPPIST-1 e, f y g) son candidatos a tener la temperatura adecuada para alojar agua líquida, y están ubicados a nada más que 40 años luz de nuestro Sol. Esta combinación de afortunadas coincidencias permitió a sus descubridores llegar a la tapa de la revista Nature, una de las más prestigiosas del mundo científico. Lo que sigue es buscar con instrumentos más sofisticados datos sobre la composición de estos planetas (si tienen atmósfera, si hay señales de agua), en una carrera entre los investigadores por ser quien anuncie el primer "gemelo" de la Tierra.

Espasiático

La abundancia de nuevos planetas contrasta con una relativa falta de novedades en la exploración del espacio. La espectacular explosión de la misión Challenger en 1986 un minuto después del despegue desde Cabo Cañaveral, con la muerte de toda su tripulación como resultado, y el fin de la Guerra Fría tras la caída de la URSS pusieron un freno al afán de conquista espacial que solo se retomó, lentamente y no sin accidentes, con el lanzamiento de la Estación Espacial Internacional en 1998. Los norteamericanos buscan repetir la hazaña -aunque los conspiranoicos descrean de Neil Armstrong- y ser los primeros en llevar un humano a Marte; por ahora piensan en hacerlo hacia la década de 2030. Sin embargo, no están solos. En los últimos años, el panorama cambió drásticamente con la aparición de dos nuevos actores: los chinos y el sector privado.

La Nación del Medio (traducción literal de cómo los chinos nombran a su país) viene realizando un programa espacial ambicioso que llevó a 11 hombres y mujeres al espacio en 5 misiones desde el 2003 a la fecha, y proyecta para el 2020 tener una estación espacial propia construida y operando, con el objetivo de instalar a una tripulación en el espacio de forma permanente. Los proyectos chinos en el espacio tienen una perspectiva económica clara: anunciaron recientemente el plan de construir una estación espacial con la capacidad de generar 100 MW de potencia eléctrica a partir de paneles solares gigantes, para transmitirla a la Tierra a través de microondas. Energía solar limpia, tal y como en el SimCity 2000. Pero la ambición china no se queda ahí, porque están planificando para las próximas dos décadas la construcción de una base permanente de investigación en la Luna, aprovechando los minerales disponibles en la superficie del satélite para fabricar los componentes necesarios para impulsar, en el futuro, la exploración del resto del sistema solar: la industrialización del espacio exterior. El recelo que generan estos proyectos en Washington es notable: la cooperación en temas espaciales entre EEUU y China está severamente limitada por leyes estadounidenses, al punto de que los científicos de la NASA tienen estrictamente prohibido cualquier tipo de colaboración con sus pares chinos.

Pasaje en la mano

A pesar de los sucesivos recortes presupuestarios, y el actual enfrentamiento entre sus trabajadores y la administración Trump, la NASA centra sus esfuerzos por los próximos 20 años en llevar la primer misión tripulada a Marte, participando en tres lanzamientos entre 2018 y 2020 que van a enviar nuevos juguetes robóticos a explorar y aprender más sobre la superficie del planeta rojo (actualmente, el vehículo Curiosity, enviado en 2012, sigue activo y transmitiendo información). Un impulso inesperado puede venir por parte de la empresa SpaceX, que pretende llevar las primeras misiones tripuladas en su nave Dragon (hasta ahora usada para llevar cargamento a la Estación Espacial Internacional) en el 2018, dando pasos para uno de los objetivos para los que fue creada la compañía: llevar pasajeros en gran escala a Marte, a un costo de viaje similar a lo que hoy cuesta una casa (es decir, del orden de los 100.000 dólares). Para lograr esto buscan optimizar el uso de recursos, haciendo que la mayor parte de la infraestructura para el viaje se vuelva altamente reutilizable. Todo esto es una verdadera novedad: por primera vez en la historia, el impulso privado superaría al del sector público en la exploración espacial.

Más allá

Y más allá también. Una tendencia reciente en la construcción de satélites es la miniaturización: en lugar de enviar un solo armatoste, es mucho más económico hacer despegar una flota de aparatos del tamaño de un teléfono celular. En nuestro país se pudo ver con Fresco y Batata, dos de los nanosatélites usados para obtener imágenes de la tierra construidos por la empresa Satellogic. En el primer mundo, los magnates Yuri Milner (cuyos padres lo llamaron de ese modo en honor al héroe de la Unión Soviética Yuri Gagarin, el primer hombre en viajar al espacio, en 1961), Mark Zuckerberg y el astrofísico Stephen Hawking pretenden enviar una sonda en un futuro no muy lejano a Próxima Centauri b, un planeta que se ubica en la zona habitable de la estrella más cercana a nuestro cielo. Esta sería la primera misión a otra estrella de la galaxia.

Claro que nuestro vecino de al lado está a 4 años luz: 40 billones (40 seguido de 12 ceros) de kilómetros. No hay forma de mandar un cohete a esa distancia con la misma tecnología que se usa para explorar los planetas más cercanos: a la velocidad a la que se mueven los cohetes, el viaje hasta allá tardaría cientos de miles de años. Y si quisieran alcanzar velocidades para que el viaje se redujera a tan solo unas décadas, la masa de combustible que haría falta es mayor que la del Sol. Para impulsar este viaje se están intentando aprovechar varios avances tecnológicos recientes en nanotecnología, nuevos materiales sintéticos y fotónica láser, y apuntar una serie de rayos láser desde la Tierra para impulsar a un pequeñísimo satélite, del tamaño aproximado de una moneda de $ 2, a velocidades cercanas a la de la luz. Pero todavía queda bastante trabajo por hacer antes de que toda la tecnología para este viaje esté madura. Luego del lanzamiento (que no tiene fecha estipulada aún), vamos a tener que esperar algunas décadas más hasta poder recibir algún tipo de señal que nos muestre cómo se ven de cerca otros sistemas planetarios. Todavía es terreno de la ciencia ficción más especulativa pensar en cómo llevar hasta la próxima estrella objetos más grandes y pesados que una moneda (ni hablar de una nave tripulada).

Cada vez que miramos el cielo y vemos cientos (o si estamos lejos de la ciudad, miles) de puntitos blancos titilando, estamos recibiendo fracciones de luz provenientes de mundos cuya existencia empezamos a conocer hace poco, y todavía no podemos imaginar. Pero lentamente se acerca el día en que iniciemos el viaje para visitarlos. Que la fuerza esté con nosotros.