CIENCIA

VIENEN POR EL AGUA?

Por David Levitn

Un fantasma recorre el mundo: ¿nos estaremos quedando sin agua? El calentamiento global nos recuerda la distopía de Waterworld mientras los argentinos creemos que la humanidad entera codicia nuestras reservas. Mientras tanto, hay gente que trabaja en serio porque no nos muramos de sed.

 

A medida que aumenta la población mundial y las sociedades se tecnifican y complejizan, la contaminación crece en medida proporcional y se necesitan mayores cantidades de recursos. Entre ellos está el agua, el elemento vital que requerimos para beber, pero también para preparar comidas, limpiar y hasta para que el portero pueda regar la vereda. La huella hídrica (en inglés, water footprint) es una medida utilizada por los especialistas en medio ambiente que suma la cantidad de agua usada directa o indirectamente para producir un bien de consumo, ya sea porque es contaminada, evaporada o utilizada y modificada de alguna manera. Los números son impresionantes: hacen falta 70 litros de agua para producir 1 solo litro de gaseosa, y hasta 15.400 litros para producir 1 kg de carne vacuna. La desertificación de regiones enteras del mundo debido al cambio climático hace pensar que la escasez de agua, que hoy afecta a casi la mitad de la población mundial, va a tender a agravarse en los próximos años, haciendo del acceso al agua un tema de importancia estratégica para regiones enteras del mundo.

En el año 2002, la entonces diputada y luego candidata presidencial por el ARI Elisa Carrió planteó en una entrevista con Jorge Lanata que el poder económico extranjero venía por la tierra y por el agua, por el precio de remate al que estaba buena parte de nuestro territorio luego de la crisis de 2001. Quince años después, magnates de todas partes del mundo han comprado extensas porciones del país, llegando a bloquear el acceso a cuerpos de agua como el caso del británico Joe Lewis y su propiedad alrededor del Lago Escondido, al sur de Bariloche en Río Negro. Cabe preguntarse si los vaticinios de la profética candidata se volvieron realidad: ¿el agua se encamina a ser más valiosa que el petróleo? ¿Nos vamos a quedar sin líquido?

Déjala correr

En Waterworld, la película de 1995, la imaginación post-apocalíptica resultó en un mundo completamente inundado gracias al derretimiento de los polos: un océano total.

Allí, Kevin Costner usa una pequeña bomba manual para convertir la primer orina de la mañana en un trago de agua fresca. Millones de hombres, antes y después, hubieran buscado un recurso menos escaso y menos repugnante: el agua de mar. En el mundo real, buena parte de la superficie del planeta está cubierta por agua, pero solo el 2,5 % es dulce, y de esta cantidad, la mayor parte se encuentra en los polos, congelada, o en fuentes de difícil acceso. Cómo hacer potable el agua salada es una de las batallas más universales de la humanidad y, para información del bueno de Costner, la tecnología que lo permite existe. Se llama ósmosis inversa y consiste en forzar el traspaso de agua salada a altas presiones a través de una membrana delgada, que admite el paso de las moléculas de agua pero no de la sal que tienen disuelta. El proceso se conoce al menos desde mediados del siglo 19, pero recién en la década de 1960 se creó un polímero sintético eficiente para concretarlo. A partir de allí hubo un intenso trabajo para obtener agua cada vez en mayor escala, llevando el proceso del laboratorio a enormes plantas industriales capaces de mover cientos de millones de litros de agua por día. Hoy, esta tecnología para convertir agua de mar en agua potable se usa extensamente en los países de medio oriente, particularmente en Arabia Saudita e Israel. En el primer caso, esta nueva tecnología está comenzando a reemplazar a los equipos que obtenían agua potable a través de la destilación de agua marina (es decir, hirviendo y condensando el vapor), un proceso que consume tanta energía que solo tiene sentido para un país que nada sobre petróleo.

En la tierra prometida, la tecnología de ósmosis inversa llega a producir casi la mitad del agua que consume el país, amén de sus eficientes sistemas para reutilizar las aguas residuales en la irrigación de sus cultivos. Con todo, aunque su precio viene disminuyendo rápidamente en los últimos diez años, estos nuevos sistemas siguen siendo alrededor de 20 veces más costosos en términos energéticos que lo que nos cuesta bombear agua desde el Río de la Plata y tratarla hoy en la Ciudad de Buenos Aires. El desarrollo de esta tecnología llevó incluso a colaboraciones entre países que hasta no hace tanto intercambiaban únicamente misiles, como Jordania e Israel. Están planeando en conjunto la construcción de una nueva planta desalinizadora, repartiendo lo producido entre palestinos, israelíes y jordanos, y aprovechando el subproducto (agua muy salada) para rellenar el mar muerto, cuyo nivel viene bajando hace décadas. Al parecer, no va a hacer falta que vengan por el agua si la pueden compartir.

Heavy metal

En Argentina tenemos un problema distinto, pero relativamente grave: mucha de nuestra agua dulce proveniente de pozos tiene niveles muy altos de arsénico. El agua contaminada con arsénico no tiene sabor, olor ni color, por lo que no es sencillo de detectar. La ingestión de cantidades pequeñas de este elemento, que se acumula en el cuerpo durante toda nuestra vida, genera una serie de enfermedades que se conocen como HACRE (hidroarsenismo crónico regional endémico), y que va desde problemas en la piel hasta algunos tipos de cáncer. Se estima que en las 14 provincias en las que se ha detectado arsénico hay en total 4 millones de personas afectadas, muchas de ellas en comunidades pequeñas y dispersas que no cuentan con alternativas al agua de pozo.

En la actualidad se está trabajando bastante para solucionar este problema, varios grupos en Córdoba han desarrollado filtros hogareños económicos y fáciles de construir para retener el arsénico, aunque el principal problema sigue siendo llegar hasta todas las poblaciones afectadas. Con la intención de solucionar la dificultad que hay para detectar fácilmente la presencia de arsénico sin tener que llevar la muestra hasta un laboratorio, un grupo de investigadores y estudiantes de la Universidad de Buenos Aires diseñó una bacteria modificada genéticamente para detectar niveles altos de arsénico produciendo un cambio de color, y con esa bacteria modificada armaron un kit portátil muy económico para detectar si el agua es segura. El kit se llama SensAr, y le valió al grupo dirigido por el biólogo y doctor en química Alejandro Nadra varios premios nacionales e internacionales.

Sin agua no hay vida. Más allá de los avances tecnológicos que están poniendo los océanos a nuestro alcance, es necesario que aprendamos a no desperdiciar ni contaminar el agua para que las próximas generaciones tengan un mundo que habitar. Es el 60 % de nuestros cuerpos, también somos lo que tomamos.